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Por Ramón Durón Ruiz
En el casino de mi tierra hay una reflexión que he escuchado también, en varios lugares del país pero aquí la sentimos nuestra: —¿Oye, te das cuenta que los viejos que anteriormente venían a tomarse la copa a la barra de la cantina y a platicar amistosamente sus historias de vida… ya no vienen? — Sí, porque ya murieron… ¡ahora los viejos somos nosotros! Pues cuando en mis escritos digo: “el viejo filósofo de Güémez” no es metafórico, es puntual. El tiempo, amigo de este campesino, se ha ido encargando de darle años a mi existencia y lecciones de amor y dolor. Una de estas lecciones me la acaba de dar la vida con la partida física de mi tía Flora, la mayor de las hermanas de mi mamá. Desde niño con su generosa solidaridad y ante la precaria situación que mi madre y yo vivíamos supo ser una mujer fraterna; de ella aprendí que “nadie vive para sí mismo”. Siempre llena de humildad, vivió para los suyos, para dar con amor su generosa ayuda, fue capaz de compartir su vida, sus dones y sus bienes, disfrutó hasta los últimos días de su existencia de una paz en el alma, por eso a su partida su presencia se agiganta. Afirmaba que “del nacimiento a la muerte hay un largo camino llamado escuela de la vida, el secreto está en no perder las lecciones que a cada paso del camino se te ofrecen, para que alcances tu plenitud.” Sin decir palabras, pero con el ejemplo, me enseñó a ser profundamente vulnerable ante la magia de la solidaridad y del amor, ése que ella supo prodigar generosamente a los suyos. Y así, en armonía con sus seres queridos y con la vida, a sus 94 años de fructífera existencia, llegó su tiempo para rendir cuentas al Creador. Para el viejo Filósofo, la vida es muerte, por eso cada día una parte de nosotros muere para renacer. La partida es un pedazo de la existencia, la muerte también, porque la vida no se acaba, sólo se trasmuta, se transforma para que el alma evolucione, morir es nacer a una forma distinta de existir. En mis años mozos en su casa, aprendí el valor del trabajo, ahí le ayudaba a barrer y a trapear, la acompañaba al mercado, le cargaba las bolsas del mandado; cuando cacareaban las gallinas iba al patio a recoger los huevos que cuidadosamente colocaba en una canasta para vender de casa en casa, también experimenté lecciones profundas de amor al prójimo cuando me enseñaba que “es mayor el privilegio de dar que el de recibir”. Su esposo el profesor Eleazar Cervantes Gómez (q.e.p.d.), se convirtió en el pater familias de los míos; bajo su tutela crecimos sus hijos, nietos y sobrinos, en una sombra generosa de amor, respeto y alegría. Aún recuerdo cuando junto con el tío Lauro, en el porche de su casa –ellos sentados en sendos sillones de fierro, yo en los escalones–, tenían con su habilidad cuentista, la fuerza de despertar mi imaginería infantil con sus historias, que iban acompañadas de sonoras carcajadas. En estos momentos, en los que el dolor lacera las partes más íntimas de la vida familiar, hay una parábola consoladora, si es que ante el duelo que genera la muerte de un ser querido, pueda haber consuelo: “Una joven y afligida mujer, lamentando la muerte de su bebé buscó consejo en Buda. La dama explicó su insoportable dolor y la incapacidad para reponerse de tan devastadora pérdida. Buda le pidió que tocase todas las puertas del pueblo y pidiera una semilla de sésamo en cada casa donde no se hubiera conocido la muerte. Después, debería traérselas. Obediente fue de puerta en puerta, y al salir con las manos vacías de cada una de ellas, comprende que no hay ningún hogar que no haya sido azotado por la muerte. La mujer regresa donde Buda sin semilla alguna. Mirándola a los ojos, él le dice: — ¡Ve que no estás sola!, la muerte es algo que alcanza a todos, a cada familia; es sólo una cuestión de tiempo. Lo que es inevitable –dijo el maestro–, no debe lamentarse en exceso.”1 En casa de la tía Flora aprendí lo que Jonathan Swift afirmaba: “los mayores doctores del mundo son: el Dr. Dieta, el Dr. Tranquilidad y el Dr. Alegría”, y si en su partida hubiese una alegría, sería la de que llegó al hogar del Padre, a reunirse con los nuestros. 1. acuarela.wordpress.com/.../reflexiones-sobre-la-muerte-dos-parabolas...
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