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Por Ramón Durón Ruiz
En el sexenio del presidente Luis Echeverría Álvarez, tres gobernadores gozaron de su afecto personal, don Rubén Figueroa en el estado de Guerrero; mi amigo don Enrique Cárdenas González en Tamaulipas y don Oscar Flores Tapia en Coahuila. Éste último, fue un hombre venido de menos a más; líder de la CNOP, senador, periodista, escritor, extraordinario orador, persona de carácter fuerte, con inteligencia aguda, y directo en su lenguaje. Cuenta mi admirado amigo don Armando Fuentes Aguirre Catón, que durante su gobierno (1975-1981), existía en la frontera coahuilense un periodista al que apodaban el Aguamiel (se cambia el mote para no agraviar a su familia), se dedicó a atacar virulenta y soezmente a Flores Tapia. Como el gobernador no respondía, ni se inmutaba ante la andanada de golpes que le propinaba, el Aguamiel acudió a la Secretaría de Gobernación ya era el sexenio de López Portillo, a sacar una audiencia con el titular, que en ese entonces era el profesor Enrique Olivares Santana, quien además de ser un hombre prudente y sabio, era un caballero de la política. El secretario, después de escuchar atentamente al Aguamiel, que entre otras cosas acusaba a Flores Tapia de negarse al diálogo, tomó el teléfono, llamó al gobernador y le solicitó tuviera a bien recibir al periodista. En la fecha y hora fijadas, éste llegó puntual al Palacio de Gobierno, con un altero de periódicos bajo el brazo izquierdo, precedidos en la parte superior de una factura en blanco y con una actitud de “perdona vidas”, pues venía nada menos que de parte del secretario de Gobernación. Al llegar a la Secretaría Particular, sin hacerlo esperar lo pasaron directo a la oficina del gobernador, quien ya lo esperaba e inmediatamente suspendió lo que estaba haciendo. Ambos sin saludarse, se dirigieron a una mesa de trabajo en donde el gobernador invitó al periodista a sentarse. – …Tú dices que me niego a dialogar… ¿Quién inicia el diálogo, tú o yo? – Inícialo tú –dice el periodista. – Muy bien –comenzó Flores Tapia enfáticamente–, Aguamiel… ¡Vas y tiznas a tu madre! El periodista, sorprendido por la inesperada actitud, volvió a escuchar: – Contéstame, dime: ¡la tuya!… ¡¡a veinte!! Perplejo, el Aguamiel se levantó y se dirigió a la salida, el mandatario lo siguió con la mirada y voz en cuello, le espetó: – Que conste Aguamiel… ¡El que se niega al diálogo eres tú! La moraleja de esta anécdota es formidable; parece que los actores políticos nacionales quieren un “diálogo” de este modo y como no se concierta, afirman que los adversarios se niegan a dialogar. Parece que ignoran que más de 50 millones de mexicanos que fuimos a votar en un proceso electoral caracterizado por una participación ciudadana extraordinaria en las urnas y en las casillas, lo hicimos aspirando a que nuestros políticos llenos de cordura y amor a la patria, dejen de pensar en la sobrevivencia de las prebendas a sus partidos y construyan un país donde se fortalezcan las instituciones nacionales, que por una parte nos lleven a dirimir civilizadamente las diferencias y por otra, propicien los acuerdos. Queremos que tengan la capacidad democrática y la civilidad política para elaborar una reingeniería institucional, con cambios estructurales que construyan oportunidades para los jóvenes y los desempleados, que ataquen frontalmente la inseguridad y la pobreza extrema. Aspiramos a un México en el que dejen de vivir en la inmundicia, se dejen de enlodar y destruir unos a otros, dejen de ser superados por la intransigencia y recuerden que “el conflicto no entusiasma al electorado”. Queremos un cambio en el ser y el quehacer nacional, con rumbo cierto, con políticos que con su actitud le den certidumbre a nuestra democracia y tengan la habilidad de culminar con éxito la transición, a la que por designio popular arribamos en 2000. Por eso el viejo filósofo no se cansa de repetir: “Hay políticos que son como los coyotes viejos; cambian de pelo… ¡pero nunca de mañas!
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